‘Týrannoi’: los orígenes de la tiranía griega como forma de gobierno “no participativa”

Sin duda alguna, uno de los fenómenos políticos más relevantes dentro del arcaísmo griego lo constituye un tipo de gobierno de carácter personal que, mediante una serie de factores, la mayoría de carácter ilegítimo y violento, alcanza el poder dentro de una determinada comunidad o pólis. Esta forma de gobernar será conocida bajo el nombre de tiranía, palabra cuyo origen lo hallamos en el término griego τύραννος/týrannos (“rey soberano”) y que aparece por primera vez de la mano del poeta del siglo VII a. C. Arquíloco, cuando se refiere al rey Giges de Lidia (Plácido, 2007: 133): “No me preocupa lo que posee Giges, rico en oro, ni ha hecho presa en mí la ambición ni envidio las acciones de los dioses, y tampoco me atrae la poderosa tiranía“.

El fenómeno tiránico surgió a lo largo y ancho de todo el Mediterráneo griego, tanto en la propia Grecia, Asia Menor y las islas cercanas como en otras regiones coloniales, entre las que destaca Sicilia, abarcando por tanto un amplio espectro geográfico. Es por ello que no podemos catalogar a la tiranía como una realidad política de una región concreta, ya que su presencia está atestiguada en muchos contextos helénicos, contextos que presentan una serie de circunstancias muy particulares.

Aún con todo, la presente entrada tiene como objetivo explorar la naturaleza de este fenómeno, a fin de entender las causas que, en última instancia, provocaron la aparición de las tiranías en el mundo griego. No es mi intención describir pormenorizadamente el desarrollo de cada una de ellas, sino ahondar en los factores que impulsaron su materialización en este horizonte histórico. Sin más, comencemos lanzando una pregunta: ¿Cuál era la situación social y económica de Grecia tras salir de ese periodo que llamamos “Edad Oscura” (ss. XII – VIII a. C.)?

La Grecia del siglo VIII a. C.

Con el inicio del arcaísmo, asistimos en el mundo griego a una serie de profundos cambios, tanto políticos como sociales y culturales, que marcarían la evolución de la Hélade hasta prácticamente el periodo helenístico. Sin duda, dos de los más importantes lo constituyen, por una parte, la expansión colonial, iniciada en la primera mitad del siglo VIII a. C., y, por otra, el desarrollo de las póleis. Dichas dinámicas servirán de marco para entender un conjunto de fenómenos socioeconómicos que veremos a continuación y que nos ayudarán a entender y a situar en contexto la aparición de las tiranías como forma de gobierno no participativa.

Fig. 1. Antiguo teatro de Sición, ciudad situada al norte del Peloponeso y testigo de una de las primeras tiranías arcaicas, la de Ortágoras. Foto: Wikimedia Commons.

Como decimos, tanto la aparición de las póleis y el consecuente nuevo escenario social, como la expansión colonial (ss. VIII – VI a. C.) y un desarrollo económico acelerado provocado en gran parte por aquella, constituirán el caldo de cultivo para el surgimiento de nuevos horizontes políticos, como el caso que nos ocupa. Efectivamente, a lo largo del siglo VIII podemos apreciar en Grecia una notable recuperación económica con respecto a los siglos oscuros, donde comienzan a hacerse patentes nuevas conexiones entre distintas regiones anteriormente incomunicadas, incluyendo el inicio de las navegaciones hacia el Levante y el Mediterráneo Central (Monedero, 2001: 86). A su vez asistiremos, por un lado, a un incremento demográfico que, en cierta medida, explicará el avance colonizador desde los inicios del periodo arcaico y, por otro, al surgimiento de las póleis como una nueva estructura política fomentada por ciertos aristócratas que deseaban atomizar en un espacio geográfico determinado sus fuentes de poder (ibid.: 89).

Efectivamente, dichas póleis serán gobernadas por un conjunto de aristoi que pronto verán aumentar sus riquezas, principalmente a causa de los beneficios del comercio marítimo, hecho que sin duda afectará negativamente a los sectores más humildes (Finley, 2007: 152 y ss.). De forma paralela a esta dinámica, se produciría un progresivo aumento de la población, un verdadero peligro a nivel social y económico puesto que Grecia y las islas del Egeo, por sus características geográficas, no permitían un espacio suficiente para sustentar a tal cantidad de habitantes.

Asimismo, a causa de las problemáticas mencionadas, gran parte de los campesinos se verán incapaces para adaptarse al nuevo horizonte económico que supuso el auge del sector comercial y artesanal gracias al desarrollo colonizador, lo que irremediablemente devendría en una verdadera crisis agraria. Una crisis a la que hay que añadir una diversificación del trabajo provocada precisamente por el aumento demográfico que, en última instancia, favorecería la aparición de nuevos métodos de explotación y, consecuentemente, una mayor fractura social (Lorente, op. cit.: 16). Sobre este particular nos habla Aristóteles en Constitución de los atenienses, donde describe los problemas derivados de tal situación en la región del Ática:

Más tarde, hubo discordias entre los nobles y la masa durante mucho tiempo; pues su régimen político era en todas las demás cosas oligárquico, y además los pobres eran esclavos de los ricos, ellos mismos y sus hijos y sus mujeres. Y se les llamaba clientes y seisavos, pues por esta renta trabajaban las tierras de los ricos. Toda la tierra estaba en manos de pocos. Y si no pagaban las rentas, eran reducibles a la esclavitud, tanto ellos como sus hijos. Y los préstamos los obtenían todos respondiendo ellos con sus personas hasta el tiempo de Solón.

Constitución de los Atenienses, 2.2.

Así es, la aristocracia, aunque beneficiada indudablemente del nuevo escenario económico propiciado por la dinámica colonial, inició un proceso de repliegue sobre sí misma, empleando medidas económicas y políticas que no abordaban de manera eficiente los problemas existentes entre la población (Blázquez, 1973: 91), una aristocracia que comienza a ver entre sus filas a individuos que utilizan el poder de forma abusiva e injusta, personajes de los que ya nos habla Hesíodo en Los Trabajos y los Días (219-230), cuando hace referencia a los llamados “reyes devoradores de regalos” (δωροφάγοι βασιλῆς/dōrophagoi basilēes), en clara alusión a ese sector de los aristoi que emplea de manera mezquina las reglas consuetudinarias de las póleis. De hecho, tenderán a limitar la participación de la ciudadanía en los asuntos políticos, puesto que indudablemente perjudicaría los intereses económicos de estas elites, una actitud que progresivamente iría generando un verdadero malestar en el seno del dêmos (Lorente, op. cit.: 16).

Los conflictos sociales: la antesala de las tiranías

Será a partir de finales del siglo VIII y principios del siglo VII a. C. cuando se hará patente una materialización de ese malestar, no sólo entre las clases más humildes y los aristoi sino también entre las propias familias aristocráticas, que rivalizarían entre ellas por detentar el poder en sus respectivas póleis. Dichas familias o grupos de poder, unidos en este último caso por vínculos de amistad (hetairía), fomentarían una serie de enfrentamientos que poco a poco salpicarían a otros sectores de la sociedad arcaica, incluyendo a comerciantes y campesinos (Sierra, 2016: 34-35).

El epicentro de estos conflictos (stáseis) era principalmente el acceso a la tierra y el control de las bases productivas de la pólis, conflictos que veremos prolongarse hasta bien entrado el siglo VI a. C., incrementando su intensidad. Ante esta situación se alzarán ciertas figuras cuya intención será la de rebajar el enfrentamiento social mediante una serie de reformas, como es el caso de Solón en Atenas. No obstante, asistiremos a partir del siglo VII a la aparición en ciertos contextos de un tipo de árbitro surgido -prácticamente en todos los casos conocidos-, de los propios núcleos aristocráticos y cuyo fin será monopolizar el poder, una dinámica que directamente emana de los conflictos sociales a los que hemos aludido y que tendrá como fin combatir la injusticia reinante. Nos referimos, como no podía ser de otra manera, a la tiranía, representada en la figura del tirano.

Cabe indicar que, a la hora de abordar esta cuestión, debemos ser cautelosos, ya que el fenómeno tiránico fue un proceso heterogéneo en el devenir de la política griega, no sujeto a un análisis reduccionista o simplificador. Algunos autores, sin embargo, han incluido a la tiranía como proceso intermedio en la sucesión de las tres etapas evolutivas de la política arcaica griega, a saber: monarquía, aristocracia y gobierno constitucional, estando aquella entre las dos últimas (Andrewes, citado por Sierra, 2016: 38). Por otra parte y tal y como explica Sierra Martín (2016), el tradicional esquema que analiza la tiranía como una forma de gobierno surgida gracias casi exclusivamente al apoyo del pueblo, debe ser puesto en cuestión, ya que ni este ni la aristocracia eran homogéneos y no actuaron como una única entidad. Los intereses podían ser distintos y no siempre eran coincidentes entre ambos (cf. Monedero, 2001: 176-177).

En todo caso el tirano constituyó una figura política emanada directamente de los aristoi, tal y como indicábamos más arriba, un miembro de la aristocracia molesto por la situación de conflictividad presente en la pólis, que toma la decisión de monopolizar el poder a través de diferentes medios, ya fuera apoyándose en las familias aristocráticas partidarias de su causa, los recursos económicos, los contactos y relaciones externos o el apoyo del dêmos (el conjunto de ciudadanos libres). El objetivo era quebrar el statu quo aristocrático, enquistado por determinados aristoi volcados sobre sí mismos y despreocupados por los problemas generales de una población desgastada social y económicamente.

Fig. 2. Restos humanos hallados en una fosa común en el puerto de Falero (Atenas). Probablemente pertenezcan a los partidarios de Cilón, ajusticiados tras el intento fallido de establecer una tiranía en el 632 a. C. Foto: Alkis Konstantinidis. Fuente: Despertaferro-ediciones.com.

La tiranía como oposición a los gobiernos oligárquicos

Las principales características que podemos asociar a la tiranía son: ilegitimidad, hostilidad hacia una determinada aristocracia, relaciones y alianzas con elites de otros Estados y el apoyo popular, con matices, como hemos visto (Monedero, op. cit.: 175-178). El tirano suele acceder al poder de manera ilegítima e irresponsable, contra la voluntad de todos (Aristóteles, Pol. 1295a, 17-24, trad. 1988), siendo además contrario a la aristocracia en su forma oligárquica, principalmente en referencia a aquellos que detentaban algún tipo de responsabilidad política. Las tiranías se materializan mediante el apoyo popular, hecho que, como hemos insistido, es altamente matizable, ya que, como también afirma Monedero, “son los cabecillas aristocráticos, esos ‘jefes del pueblo’ quienes han sabido rodearse de partidarios y han prestado su apoyo al tirano a cambio de jugosas contrapartidas” (op. cit.: 177). Es decir, ciertos personajes relevantes aglutinarían a un conjunto de seguidores procedentes tanto de la población urbana como de la campesina, integrando un amplio espectro que iría desde ciertos sectores aristocráticos hasta pequeños propietarios (donde podemos incluir a los hoplitas) perjudicados por la oligarquía de la pólis. Finalmente, y una vez en el poder, el tirano se encargaría de establecer una serie de relaciones de hospitalidad de carácter personal con familias aristocráticas de otras póleis u otros estados no griegos, llegando incluso a crear vínculos matrimoniales, todo ello con el objetivo de afianzar su gobierno y disponer de ayuda cuando el tirano la necesitase (cf. Dopico Caínzos, 1998: 121 y ss.).

Aunque el objetivo de la presente entrada no ha sido ahondar en la descripción pormenorizada de los gobiernos tiránicos más destacables, sí podemos decir que el número de týrannoi surgidos en el periodo arcaico y clásico fue verdaderamente grande: Fidón de Argos, cuya toma de poder se produce en algún momento a finales del siglo VIII a. C., Ortágoras de Sición, que alcanza el poder en el 676 a. C., Cípselo de Corinto, que hace lo propio en el 655 a. C., Teágenes de Megara (s. VII a. C.), Trasíbulo de Mileto (segunda mitad del VII), Panecio de Leontinos (finales del VII), Falaris de Agrigento (ca. 570-554 a. C.), Pisístrato y sus descendientes (a lo largo del siglo VI), Licofrón de Feras (primera mitad del siglo IV), Dionisio I de Siracusa (ss. V-IV) y un largo etcétera.

Por tanto, y para concluir, podemos decir que la figura del tirano arcaico obedece a una realidad política y social determinada, gestada desde finales de la Edad Oscura, tal y como vimos al principio. Las stáseis, desarrolladas en el seno de las ciudades-estado griegas, alcanzarían su punto más extremo durante los siglos VIII y VII a. C. (llegando incluso hasta el siglo VI), coincidiendo con el desarrollo de la pólis como estructura política y con la expansión colonial en el Mediterráneo. El tirano surge de entre los grupos aristocráticos con el objetivo de erigirse como árbitro político de tales conflictos sociales, llegando al poder mediante un proceder violento e ilegítimo y a través del apoyo de diferentes sectores del dêmos.

En próximas entregas analizaremos la visión que de estas figuras políticas tuvieron algunos autores clásicos y helenísticos, a fin de entender cómo se forjó esa visión tan peyorativa que caracterizó y aún caracteriza a ese interesante fenómeno histórico que llamamos tiranía.

Referencias

Fuentes primarias

-Aristóteles. Política (1988). [Traducida por Manuela García Valdés]. Gredos.

-Aristóteles. Constitución de los atenienses (2018). [Traducida por Manuela García Valdés]. Gredos.

-Hesíodo. Los Trabajos y los Días (2017). [Traducida por Adelaida Martín Sánchez y María Ángeles Martín Sánchez]. Alianza Editorial.

Fuentes secundarias

-Andrewes, A. (1956). The Greek Tyrants. Hutchinson University Library.

-Domínguez Monedero, A. J. (2001). La Polis y la expansión colonial griega. Siglos VIII-VI. Editorial Síntesis.

-Dopico Caínzos, Mª D. (1998). Entre lo público y lo privado: una contribución al estudio de la tiranía griega. Espacio, tiempo y forma. Serie II, Historia Antigua, 11, 119-136.

-Finley, M. I. (2007). Grecia primitiva: la Edad de Bronce y la Era Arcaica. Eudeba/Lectores.

-Meiksins Wood, E. (2003). La Polis y el ciudadano-campesino. En Julián Gállego (coord.). El mundo rural en la Grecia antigua (pp. 269-326). Akal.

-Plácido Suárez, D. (2007). Las formas del poder personal: la monarquía, la realeza y la tiranía. Gerión, 25 (1), 127-166.

Saade, A. (2014). Los soldados de la tierra: el rol de las cleruquías en el proceso de construcción del Estado Ptolemaico Temprano (IV-III a. C.). En Julián Macías (ed.). La antigüedad grecolatina en debate (pp. 183-190). Editorial Rhesis.

-Sierra Martín, C. (2014). La ‘edad de los tiranos’: una aproximación a las ambigüedades de la tiranía arcaica. Gerión, 32, 57-77. https://doi.org/10.5209/rev_GERI.2014.v32.46665.

-Sierra Martín, C. (2016). Pólis Týrannos. El dêmos ateniense como aristócrata indeseado en el pensamiento político del Siglo V a.C. De Rebus Antiquis, 6, 29-52.

2 comentarios

  1. Excelente artículo, estimado. Me alegro que mencionara a los primeros tiranos del Peloponeso (Fidón, Ortágoras, etc.), casi siempre olvidados.

    Por otra parte, es curioso cómo pocos historiadores e investigadores pasan por alto un factor importante en el auge de la tiranía. Me refiero al creciente esclavismo que experimentará la Hélade y que también alterará el sistema socioeconómico.

    A la espera del próximo artículo. Como siempre de gran calidad viniendo de usted.

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